sábado, 12 de noviembre de 2016

5. TRADICIÓN CENTENARIA: EL NIÑO DIOS DE LIBERIA

Enrique Tovar. No se trata simplemente de “La Pasada del Niñito Dios” la noche del 24 de diciembre. Esta actividad religiosa -que se celebra cada año en Liberia-, emerge en una forma extraña a principios de siglo y su origen, así como varios hechos colaterales son aún misteriosos y hasta legendarios. 
Con fervor cristiano y alegría popular, los liberianos viven una fiesta religiosa con su Niñito Dios que un día de tantos apareció en la Ciudad Blanca y que hoy constituye una colorida ceremonia durante la Nochebuena.
Los detalles de la historia que se relatan son aportados mayoritariamente, por la Prof. Lía Bonilla, una pionera del folclor guanacasteco, y doña Luz María de Valdelomar, quien actúa como la mayordomo, de la venerada imagen.
En los tiempos de la dictadura de Federico Tinoco, doña Lola Carrillo —descendiente de don Braulio Carrillo, y esposa del gobernador y comandante de plaza de Liberia— vivía en la manzana detrás de la escuela Ascensión Esquivel, donde hoy está la casa de “Los Leiva”.
Un día, alrededor de las seis de la tarde, estaba doña Lola sentada en un poyo de piedra, de esos que fueron muy comunes en las antañosas residencias de Liberia. 
De repente, doña Lola vio que venía un hombre a toda carrera y le puso en su regazo una bella imagen de madera, y le dijo que era el Niño Dios y que le pertenecía a Liberia. Sin mayores detalles el desconocido prosiguió su marcha a toda prisa. 
Doña Lola, puso aquella criatura en un platón, que adornó con conchas y lo mantuvo con amorosa devoción en su casa.
Al caer los Tinoco —en agosto de 1919—, doña Lola se vio obligada, junto con su esposo, a huir. Antes de hacerlo corrió a la casa de doña Anita Baldioceda de Valdelomar, que vivía a cuadra y media de la suya y le dejó la imagen que aquel misterioso hombre le había entregado y le recalcó: “Este Niño Dios es de Liberia y por tanto no me lo puedo llevar. Usted se encargará de él”. Lo dejó junto con el platón y las conchas.
Doña Anita, al igual que le había sucedido a doña Lola, quedó encantada con aquella criatura de mirada dulce, brazos echados hacia adelante, manos abiertas en tierno gesto, de una blancura muy especial y que, en su conjunto, provoca una actitud de placidez e induce a su devoción.
Movida por su fervor religioso, doña Anita empezó a llevar la imagen, a partir de las 7 de la noche, cada 24 de diciembre, a la ermita de La Agonía, construida en 1866 y que es un sobrio y bello monumento arquitectónico de la ciudad pampera.
Al principio, tomaron parte en el recorrido sus parientes, que integran una numerosa familia. Con el paso del tiempo se unieron vecinos y poco a poco el resto de la población.
Se repartían pitos, refrescos y había música, bomberos y luces de bengala. La chiquillería, al oscurecer cada 24 de diciembre comenzaba a aglutinarse en la casa de doña Anita Baldioceda de Valdelomar. Y de allí, con gran gritería y viva emoción se partía hacia la ermita. Como a las 11 p.m. la imagen era pasada, en ceremonia oficialmente religiosa, a la parroquia de la Inmaculada Concepción.
Pasaba todo el 25 en ese templo y por lo general el 26 era retomada a la casa donde vive su mayordomo, hoy en día doña Luz María Valdelomar. Paralelamente a esta tradición surgió un extraño hecho.
Doña Juanita Acuña, dama muy apreciada de Liberta, ofreció un cochecito para que la imagen fuese transportada durante el recorrido. Luego el aparato le fue devuelto y en él sacó a pasear a uno de sus hijitos, el cual, varios días después, sorpresivamente murió.
Al año siguiente, luego de haber prestado el pequeño carruaje para la tradicional pasada de la Nochebuena, puso a otro de sus hijitos en el cochecito. Y para sorpresa dé todos, a los días la criatura también falleció.
Doña Juanita consideró entonces que el cochecito debía ser exclusivo del Niño Dios y por eso se lo regaló. Pero los misterios de este extraño rosario, no acaban allí.
A través del tiempo, sobre todo para la época de Nochebuena, llegaban a la casa de doña
Anita Baldioceda de Valdelomar,’cajas con trajecitos para el Niñito. Muchas veces no se supo quién o quiénes los enviaron. También hay personas que se han ofrecido a confeccionar el vestidito, por lo general primoroso, de fina tela y en ocasiones perlada. 
Doña Luz María de Valdelomar guarda en cajas cerca de 25 vestimentas y su esperanza es entregar estas verdaderas reliquias a un museo que se pretende edificar en la ermita.
El Niñito Dios de Liberta estrena vestimenta cada 24 de diciembre. Ha ocurrido que alguna gente pide el trajecito anterior para tomarle las medidas pero luego no lo devuelve. Por eso no se acumulan todos los que se le han confeccionado.
Esta bella tradición, ha calado en el corazón de los libértanos. A la fiesta se une ahora la Banda Nacional de Liberia (hoy Banda de Conciertos de Guanacaste). Una multitud alegre de niños metiendo ruido con pitos y otros objetos, junto con personas de espíritu devoto, se ponen en marcha para iniciar “La Pasada” hasta la Ermita Nuestro Señor de la Agonía de Liberia, para luego  retornar a la parroquia de la Inmaculada Concepción.
Las luces de bengala se encargan de dar mayor colorido a la fiesta. El cochecito —pintado cada año por Neftalí Arguedas— va bellamente arreglado por doña Margarita de Arata. Es conducido por una pareja de jovencitos que hacen las veces de padrinos.
Hoy la Pasada del Niño, ya es considerada una popular tradición del pueblo costarricense. (Tomado de La Nación. 12 de diciembre 1991. “Suplemento Viva”, Sección B; p. 1.)
FUENTE: http://www.guanacastenoticias.com/la-pasada-del-nino/

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